Detrás de cada bolsa de snacks, hay cientos de litros de agua que nadie ve. La industria alimentaria enfrenta uno de sus mayores desafíos: producir más con mucha menos agua.
Una porción de papas fritas parece un alimento simple. Pero antes de llegar al plato, pasó por campos irrigados, líneas de lavado, blanqueado, fritura y envasado. Cada etapa consume agua. Y en un país donde el 60% del territorio enfrenta condiciones de escasez hídrica, esa cuenta ya no puede ignorarse.
El estrés hídrico no es una amenaza futura: es una realidad que enfrentan hoy las plantas de alimentos y bebidas en Chile. Según datos de la FAO, se necesitan en promedio entre 185 y 250 litros de agua para producir un kilogramo de papa procesada, considerando desde el cultivo hasta la línea de producción industrial. Una cifra que pocas veces figura en el empaque.
«El agua es el ingrediente invisible de casi todos los alimentos que consumimos. La pregunta no es si la industria debe cambiar, sino qué tan rápido puede hacerlo», señala Diego Varrá, Líder de división Food & Beverage de Ecolab en Latinoamérica Sur, Centroamérica y Caribe.
La presión viene desde múltiples frentes. Los reguladores ambientales exigen reportes de consumo. Los grandes retailers internacionales incorporan métricas de huella hídrica en sus cadenas de suministro. Y los consumidores, especialmente los más jóvenes, empiezan a vincular sus decisiones de compra con el impacto ambiental de los procesos productivos. Según el Ecolab Watermark™ Study 2025, el 72% de consumidores chilenos declaró haber dejado de comprar productos de marcas sin compromiso medioambiental, y el 73% expresa mayor lealtad hacia marcas con prácticas sostenibles.
Para las plantas procesadoras de alimentos, la eficiencia hídrica dejó de ser una iniciativa de responsabilidad corporativa para convertirse en una variable de competitividad. Reducir el consumo de agua en los procesos de limpieza y sanitización -que en la industria alimentaria puede representar entre el 30% y el 50% del uso total de agua en planta– implica tecnología, monitoreo y una gestión precisa de los recursos.
«No se trata de producir menos, sino de producir mejor. Con las tecnologías adecuadas, una planta puede mantener sus estándares de higiene e inocuidad usando significativamente menos agua en cada ciclo de limpieza», dice Varrá, agregando: “Tecnologías inventadas por Ecolab como Clean in Place (CIP) con IQ, han logrado que empresas alcancen cifras de alrededor de 10% de reducción de agua y energía”.
El desafío es mayor en el segmento de snacks y procesados, donde los volúmenes de producción son altos y los ciclos de limpieza, intensivos. En la industria de papas fritas, por ejemplo, se requieren limpiezas profundas de freidoras al menos dos veces al mes, junto con la desinfección constante de superficies en contacto con alimentos y el tratamiento de efluentes con alta carga de almidones y grasas.
En ese contexto, la pregunta que debería hacerse la industria no es solo cuánta agua se usa, sino cuánta se puede recuperar, reutilizar y optimizar sin comprometer la seguridad alimentaria. La sostenibilidad de un snack no se mide solo en calorías, también se mide en litros.





