Acumular antigripales o guardar restos de antibióticos expone a riesgos de pérdida de eficacia e intoxicaciones. Especialistas entregan las claves para ordenar los fármacos y potenciar la prevención familiar de forma segura.

El invierno llegó y con él la tos, la fiebre y el reflejo de ir directo al cajón de los medicamentos acumulados. En Chile, casi el 26% de la población se automedica regularmente y el 58% consume al menos un medicamento al día, según la Encuesta Nacional de Salud. A esto se suma una realidad que en la farmacia se ve temporada a temporada: los hogares guardan medicamentos sobrantes de temporadas anteriores que terminan consumiéndose sin orientación, sin revisar fecha de vencimiento, mal almacenados y, muchas veces, para síntomas distintos a los que originalmente los indicaron.

Asimismo, el Instituto de Salud Pública (ISP) ha reforzado de manera constante sus recomendaciones sobre la adquisición y el correcto almacenamiento de estos productos, alertando sobre la necesidad de evitar la automedicación irresponsable que pueda enmascarar cuadros clínicos de mayor gravedad.

«El problema no es tener medicamentos en casa. El problema es no saber cuáles guardar, cómo conservarlos y cuándo hay que tirarlos. Un antibiótico guardado del año pasado no es un respaldo, es un riesgo», explica Soledad Velásquez, químico farmacéutico de Farmacias Ahumada.

El mismo organismo técnico advierte que los medicamentos vencidos pueden perder eficacia, generar sustancias tóxicas por degradación y comprometer la seguridad microbiológica del producto. De acuerdo con la farmacéutica. “eso significa que un jarabe de tos vencido podría no hacer nada -o hacer daño-, y que un antigripal mal conservado en un ambiente húmedo puede deteriorarse antes incluso de que caduque. El calor y la humedad aceleran ese proceso, por lo que guardar medicamentos en el baño o cerca de la cocina -lugares intuitivos pero incorrectos- es uno de los errores más comunes”, añade.

Los errores más frecuentes del botiquín invernal

El paracetamol lidera la automedicación chilena con casi el 33% de uso, seguido del ácido acetilsalicílico (aspirina) con un 18%. Son principios activos seguros cuando se usan correctamente, pero el Ministerio de Salud ha alertado sobre los riesgos de superar las dosis recomendadas, especialmente en niños o personas con enfermedades hepáticas.

Asimismo, reutilizar antibióticos de tratamientos anteriores es el error más grave y el más silencioso. Los antibióticos requieren indicación médica, dosis exacta y tiempo de tratamiento completo, por lo que usarlos sin control favorece la resistencia bacteriana y puede enmascarar infecciones que necesitan diagnóstico profesional. Lo mismo ocurre con los jarabes de niños: dosis y composición varían según edad y peso, y lo que sirvió para un hermano mayor puede ser inadecuado para el menor.

Compartir medicamentos entre familiares, saltarse dosis «para ahorrar» o combinar antigripales con analgésicos sin leer las indicaciones son conductas que acumulan riesgo con cada invierno.

 El botiquín que sí tiene sentido 

Un botiquín invernal bien organizado debería contener elementos esenciales como un analgésico/antipirético de uso general (como paracetamol), una solución salina nasal, termómetro, antihistamínico para reacciones alérgicas (siempre bajo indicación médica), suplementos como la vitamina C o el zinc para apoyar el bienestar del sistema inmune, y una lista visible de los teléfonos de urgencia y farmacias de turno.  

Lo que no debería contener son antibióticos sin prescripción vigente, medicamentos sin etiqueta, ni fármacos con fecha de vencimiento ya superada. Por otro lado, debe mantenerse en una ubicación óptima, en un lugar fresco, seco, protegido de la luz directa y absolutamente fuera del alcance de los niños o mascotas.

En Chile, cuidarse también es saber cuándo la automedicación no alcanza. Si la fiebre supera los 39°C por más de 48 horas, si los síntomas empeoran después de tres días, o si se tienen dificultades para respirar, la señal es clara: consultar a un especialista.

Aprender a gestionar el botiquín es el primer paso para construir una cultura preventiva sólida. De esta manera, el orden y la responsabilidad en el uso de los fármacos transforman el entorno familiar en un espacio de cuidado, protegiendo el bienestar de las personas desde la información y la seguridad.